El problema
Anotar es fácil. Leer lo anotado, no.
Una app de gimnasio comercial resuelve esto pidiendo una cuenta, una
suscripción y conexión en un subsuelo donde no hay señal. Y ninguna
entiende el programa que ya escribió el entrenador: hay que volver a
cargarlo ejercicio por ejercicio.
El caso real es más chico y más terco que eso: un atleta, un gimnasio,
un teléfono que a veces se queda sin datos.
La respuesta
Un archivo que se abre y funciona.
La app entera —interfaz, lógica, tipografías, logo y el lector de PDF—
vive dentro de un solo .html. Se manda por WhatsApp, se
toca, y ya está andando: sin instalar, sin registrarse y sin red.
Los entrenamientos quedan en el propio teléfono. No hay servidor al que
mandarlos, así que no hay nada que se pueda caer, filtrar ni cobrar.